Siempre hemos oído que conviene cenar relativamente pronto para no irse a la cama con la comida dando vueltas en nuestro estómago. Nuestras costumbres provocan que esta circunstancia raramente se lleve a cabo y que nuestros horarios de cena sigan resultando excesivamente tardíos. Este hecho queda de manifiesto en un artículo publicado por El País basado en diversos estudios médicos. En el texto se señala que “a los españoles suele provocarles sorpresa ver a los tostados turistas británicos prepararse para cenar en una terraza al sol, a una hora en la que algunos ni siquiera han dado cuenta de la merienda. Los españoles podrían estar muy equivocados. Con la información actualmente disponible, el dietista-nutricionista de la Academia Española de Nutrición y Dietética Ramón de Cangas propone un horario similar al británico para la cena, entre las 18.30 y las 20 horas. Y, por muy drástica que pueda parecer la propuesta del doctor en biología funcional, el cambio de hábitos que propone es de lo más benevolente. Al menos si se compara con el que sugieren estudios como uno de la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos, que pone las 19 horas como el tope que no deberíamos sobrepasar al sentarnos a la mesa.
Para llegar a esa cifra, los científicos sometieron a 9 adultos con un peso saludable a dos planes dietéticos distintos durante ocho semanas, con un descanso de 14 días entre uno y otro. Los participantes durmieron de las once de la noche hasta las nueve de la mañana. El primer régimen consistió en comer tres comidas principales, la última a las 19.00, mientras que el segundo horario retrasó la cena hasta las 23.00… y provocó un aumento de peso. Los científicos observaron que los voluntarios engordaban cuando cenaban tarde, pero no fueron los únicos efectos negativos que identificaron. Sus cocientes respiratorios, que es la relación entre el dióxido de carbono y el oxígeno asociados al metabolismo, y que indica qué macronutrientes está metabolizando el organismo, también variaron cuando las cenas se hacían a última hora: los sujetos metabolizaban menos lípidos y más carbohidratos. Además, aumentaron sus niveles de insulina, glucosa, colesterol y triglicéridos. Parecen motivos de sobra para plantearse cambiar la hora de la cena y acercarla a la de quienes rigen su horario por el meridiano de Greenwich… pero hay más.
Otros científicos que marcan las siete de la tarde como tope para la última comida del día son los investigadores de la Universidad turca Dokuz Eylül, pero aportan más argumentos para convencer a los indecisos. Los académicos analizaron las diferencias de más de 700 adultos con hipertensión para averiguar cómo el horario de sus comidas influía en su salud. Según los resultados de su estudio, comer más tarde de las siete de la tarde puede aumentar el riesgo de ataque cardiaco. No contentos con esta advertencia, fueron un poco más lejos en su estudio, hasta tener datos para poder introducir un matiz muy interesante.
Su trabajo señala que acostarse cuando no han pasado dos horas desde el final de la cena hace más daño que seguir una dieta con un alto contenido en sal durante años. Las probabilidades de sufrir hipertensión no balanceada, que es cuando la presión arterial no disminuye adecuadamente por la noche, se duplicaban entre quienes cenaron tarde. Las consecuencias para la vida de las personas son evidentes cuando se tiene en cuenta que lo deseable es que la presión arterial decaiga al menos un 10% por la noche, y que eso permite al cuerpo descansar adecuadamente.
Y es que meterse en la cama con el estómago lleno y no pegar ojo en toda la noche son sinónimos. De hecho, cuando los psicólogos canadienses Tore y Russell Powell investigaron si los hábitos alimenticios podían tener algún efecto negativo en los patrones de sueño, encontraron que las personas que comen a altas horas de la noche tienen sueños más confusos, principalmente motivados por las molestias gastrointestinales de las escapadas nocturnas a la nevera. Es una razón más para no llenar el estómago antes de acostarse, pero no es el único factor a tener en cuenta. También hay que prestar atención al tipo de alimentos que ponemos en la mesa”.
En definitiva, conviene adoptar hábitos que permitan mejorar nuestro sueño y nuestra salud, bases para el correcto descanso nocturno y para una buena disposición en el día siguiente. Lo contrario es tirarse piedras contra nuestro propio tejado.
